domingo, 1 de noviembre de 2015

Esta mañana de domingo...


En momentos como este, cada vez más difíciles de encontrar, una mañana (de domingo) tomando la segunda taza de café, leyendo en calma y silencio, en mi escritorio, con Alejandra y Sofía viendo televisión en nuestro dormitorio, vuelve a mí esa sensación inexplicable, ese deseo y necesidad de regresar a lo de antes, de sentirme nuevamente pleno y fuera de este mundo y poder escribir. Mal o bien, pero escribir.

Este año ha sido de sequía. Incluso podría pensarse que ya dejé esto, que lo olvidé o me rendí. Pero no es cierto. Me levanto a diario a las 5 de la mañana a entrenar, me enfoco ahora en tener una vida saludable, a comer lo que debo y a informarme sobre ello, además estoy en cursos de negocios y me dedico a al trabajo y a Sofía. ¿Hago todo esto para olvidarme de lo otro? No lo sé. Quizás sí. Pero no pasa un día, ni uno solo, en que el recuerdo de mi escritorio, de la computadora, los papeles, lápices y lapiceros, de las innumerables tazas de café y la sensación de estar flotando vuelva a mí. No me he rendido y nunca lo voy a hacer. Pasa simplemente que la vida y el tiempo no me permiten lo que necesito (tranquilidad, soledad absoluta, silencio, tiempo) para sentarme a ser feliz.

Tampoco es que sea infeliz teniendo la vida más sana que tengo ahora; mucho menos jugando con Sofía, viéndola crecer y aprender cada día más cosas, pero me falta algo. Algo interior que lucha por salir y que en esta mañana de domingo, después de leer algo de Ribeyro, ha logrado resquebrajar la coraza que me había puesto. Una coraza que vuelvo a sellar por ahora, pero que tarde o temprano me retiraré definitivamente para nuevamente envolverme con esa mezcla de exaltación, locura y felicidad que para mí siempre ha sido escribir.

martes, 22 de abril de 2014

Breve anotación


Como no tenía nada que hacer, empecé a leer este blog desde el primer post. Rápidamente, con cierta verguenza, pude notar lo feo, desordenado o tonto que era mucho de lo que escribía por entonces, así que en poco más de media hora me he dado el trabajo de corregir alguna cosas, cambiar otras y eliminar un par, para que queden aunque sea un poco menos terrible.

Dentro de todo, es un alivio saber y comprobar que escribo un poquito menos mal que antes. Algo es algo.


miércoles, 16 de abril de 2014

El poder de la palabra.


Cuando abrí este blog, solo quería escribir como otras tantas personas que había leído, personas que contaban anécdotas de su vida, algunas historias o cualquier cosa, en realidad, que les diera la gana. Así que jamás pude si quiera imaginar todo lo que esto me traería; mucho menos supuse que lo que resultaría de aquí, que esas palabras que escribía, cambiarían mi vida. Gracias a este blog, conocí a algunas personas interesantes, con las que se han dado situaciones que no pensé e incluso, debido a una de ellas, como ya lo dije, mi vida cambió para siempre.


Andrea es una de esas cuatro personas con las que empecé a hablar, a escribirnos por el entonces operativo Messenger. Ella es colombiana y vive (o al menos vivía) en Bogotá, y recuerdo que hablábamos de nuestros problemas y cosas de la vida diaria. Todo empezó porque, si mal no recuerdo, Andrea se identificaba con lo que yo escribía. Por eso empezamos a conversar y fue extraño, porque hablábamos (nos escribíamos, en realidad) como dos amigos que ya se conocían desde hacía bastante tiempo. Y más extraño aún: llegué a conocer a Andrea, en la fría Bogotá, cuando hice un viaje de un mes por Ecuador y diversas ciudades de Colombia. Gracias a ella, la corta estancia en la capital colombiana no fue tan mala, y es que la gente no tenía muchas ganas de ayudar a unos pobres turistas que no estaban interesado en gastar en lujos, sino en conocer y aprender. Luego, poco a poco, Andrea y yo fuimos perdiendo contacto y, la verdad, no recuerdo cuándo fue la última vez que nos comunicamos. Solo sé que, si alguna vez viene a Lima, con todo gusto volvería a verla y le mostraría esta caótica y hermosa ciudad. Y conversariamos seguramente por horas, una vez más.

Otra persona que conocí gracias a este blog fue (es) Jorge. Y de inicio algo extraño: pese a que aún hoy seguimos en contacto, hasta ahora no nos conocemos en persona. La verdad, creo que ya lo dije en otro texto, yo tengo ciertos problemas y temores para conocer gente nueva, y quizás es por eso que aún hoy no nos hemos sentado a conversar de eso que nos gusta tanto y que, estoy seguro, es la gran razón por la que siempre, de una forma u otra, seguimos en contacto: la Literatura. Jorge ya publicó su primer libro, uno de cuentos, y yo lo tengo, con dedicatoria incluida, pero tuvo que dejarlo en casa de mi papá, por lo que ni si quiera por eso lo conocí. Y ahora, que hace poco me había decidido proponerle ir a algún bar, por el centro de Lima quizás, a tomar algo y conversar (sobre las letras, la vida y los sueños rotos), veo que Jorge ha empezado una relación y está muy (muy) enamorado, tan enamorado que no quiero interrumpir los días buenos que seguramente está viviendo. Pero ya lo conoceré. Y de repente algún día fundaremos por fin nuestro “Club de lo imposible”.

La tercera persona, es otra chica: Jimena. Con ella pasé también muchas horas conversando por el Messenger, con esa extraña confianza instantánea que logré con las otras dos personas. Ella adoraba la música de Sabina y, sobre todo, le encantaba Alfredo Bryce. Las dos novelas favoritas de Jimena, eran mis dos novelas favoritas. Digo dos novelas porque son dos partes, pero es una misma historia, tan bonita como profunda, tan graciosa como triste. Y en base a eso (y a otros temas), Jimena y yo hablamos bastante durante un largo tiempo. Luego ella viajó a Estados Unidos y el contacto disminuyó. Sin embargo, aún hoy, de vez en cuando, por Facebook o Instagram, recordamos que estamos con vida, con un “like” o un comentario breve. Por cierto, a ella no llegué a conocerla. Y la verdad, con una vida a miles de kilómetros de este cielo peruano (peruano en el Perú), no sé si algún día llegue a hacerlo.

Por último, lo más importante. La más importante: Alejandra. A ella también la conocí gracias a este blog, gracias a las tonteras que, mal que bien, escribí durante algunos meses y que, por alguna razón, a ella le interesaron y le gustaron. Yo era un blogger contando sus historias de tímido y perdedor, mientras que ella era una blogger algo desinhibida. Ambos nos leíamos, nos comentábamos, hasta que nuevamente gracias al Messenger (bendito sea), empezamos a conversar más y más. Luego, ella hizo un concurso en su blog. El premio: salir con ella. Las respuestas ganadoras: me las dio por privado, para ganar con trampa. Y entonces, todo fue como un vendaval. Gané. Salimos. Bebimos. Volvimos a salir. Nos reimos mucho. Paseamos. Conversamos. Nos hicimos enamorados. Empezamos a hacer planes. Nos enamoramos más. Viajamos. Los planes empezaron a hacerse a futuro. Viajamos más. Soñamos con hijos. Nos mudamos juntos. Nos casamos. Alejandra salió embarazada. Seguimos viajando. Esperamos con ansias a nuestra hija. Nació. La nombramos Sofía y la adoramos aún antes de nacer. Y ahora, absolutamente todo gira torno a Sofía.

Y Sofía (quien debe su existencia también a este blog) ha traído, dentro de lo gris de la vida diaria, la felicidad.




P.D. Releo rápidamente esto que acabo de escribir, y me resulta interesante ver cómo mi vida, de una forma y otra, ha girado y gira en torno a los efectos, a los designios, a los misterios y al enigmático poder de la palabra escrita. Gracias, a quien o quienes corresponda, por ello.

lunes, 14 de abril de 2014

Cada domingo a las doce


Augusto la había conocido, de casualidad, en una presentación que tuvo que hacer en la cárcel de mujeres. Fue ahí, en la cárcel, donde conversaron y congeniaron, donde él vio por primera vez los ojos profundos de ella, sus labios discretos, sus cabellos siempre sueltos, sus gestos finos. Fue ahí donde escuchó su profunda y calmada voz, que le contaba su historia, su vida, por qué estaba presa, por qué la culpaban. Y Augusto, que era músico y poeta, necesito solo un segundo, un gesto, una mirada, una palabra, para enamorarse de ella para siempre. Y volvió, con una y mil excusas, una y otra vez a la cárcel, en las pocas veces que podía hacerlo. Y él se enamoró de ella y ella de él. Y experimentaron la pasión y la pena también, porque todo era limitado, casi todo era prohibido en ese triste y cruel lugar que era la cárcel. Pero aquello los unía aún más. Los hacía desesperarse también, esperando, viendo cómo los días, las horas, los minutos se hacían eternos, insoportables, martirizantes, hasta que por fin llegaba el día de visitas y sonreían y lloraban, se abrazaban, se besaban, se observaban el uno al otro a veces, en silencio, sin moverse, diciéndose todo solo con la mirada. Pero no había mucho más que pudiese hacerse, porque ella seguiría presa por un largo tiempo y él tenía que viajar, que trabajar, que seguir con su vida. Sin embargo, no se rindieron. Augusto buscó, preguntó, convención a quien debía hacerlo y consiguió algo mínimo, pero que para ellos era un sueño, un momento parecido a la libertad. Les habían permitido un horario especial, en una de las oficinas, en total privacidad; un horario y un lugar reservado solo para ellos dos, en el que podrían por fin estar completamente solos y decirse y demostrarse todo lo que sentían, que era tan intenso que nunca antes lo habían experimentado y nunca jamás lo volverían a experimentar. Y Augusto iba presto a ese lugar que les habían proporcionado, ese lugar en el que tenía que esperar a su amada, lleno de impaciencia y ansiedad, contando los minutos, pensando en la mejor manera de aprovechar ese corto tiempo que les permitían. Y través de la ventana, completamente solo, no hacía más que pensar en ella y esperarla ver aparecer por la puerta, buscando sus brazos, regalándole su sonrisa. Y Augusto esperaba de acuerdo a la condición que les habían impuesto, la de poder verse (y amarse) cada domingo a las doce, después de la misa.


Lo que acabo de escribir, no me ha salido como quería. Pero lo dejo así, porque creo que es mejor mostrar lo que diferencia a un simple mortal como yo, de alguien con un don. La historia se basa en lo que contó hace algún tiempo Augusto Polo Campos cuando le preguntaron sobre el origen de una de sus obras maestras: “Cada domingo a las doce”. El contó la anécdota y en base a eso he escrito (desde hace mucho quería hacerlo) el párrafo anterior.

La canción me parece sublime y profunda, como casi todas las de este autor. Y si para muchos Augusto Polo Campos es solo un viejo chabacano, depravado y acabado, es quizás porque únicamente conocen parte de lo que él es y no saben las (al menos para mí) maravillas que ha compuesto para la música peruana. Y me gusta tanto lo que ha escrito por el mismo motivo por el que me fascina la música criolla: porque duele. (Perdonen la tristeza).

Basta con oír, sentir y sufrir sus canciones para darse cuenta que Augusto Polo Campos tiene algo, en sus manos, en su cerebro, en su corazón, que pocos tienen. Qué importan sus escandalosas relaciones, qué importan sus impresentables hijos, si de él han brotado obras como “Regresa”, “Cariño Bonito”, “Jamás impedirás”, “Contigo Perú” o la magistral “Cuando llora mi guitarra”. Qué importa que siempre parezca un adicto al sexo (casi todos los somos, él lo dice abiertamente), o que diga que nunca ha estudiado ni leído un libro, si de sus experiencias, de su vida, han podido surgir canciones tan extraordinarias.

“Cada domingo a las doce” es también parte de esas obras maestras de Polo Campos. Y la historia, contada, parece simple, pero vivida debió haber sido muy profunda. Aunque contada por alguien con un don, el resultado es este:


miércoles, 2 de abril de 2014

Breve anotación



Qué liberador ha sido volver a este blog. Poder escribir algunas cosas, en el poco tiempo que tengo para hacerlo, simplemente dejando que fluya lo que salga, sin fijarme en la corrección ni nada por el estilo, ha sido un desfogue que necesitaba.

Ha sido como regresar a un lugar al que llegué casi de casualidad, donde encontré muchas cosas buenas y del que luego me alejé. Estar acá nuevamente es como volver a una habitación, una playa o una ciudad en la que pasé buenos momentos, y donde ahora, que todos se han ido y que estoy (digamos) solo, me siento a recordar, a pensar y a sentirme bien.


martes, 1 de abril de 2014

Los sueños, las letras y la vida.



Vivir en París, escribir, ser pobre y feliz. Ese era mi sueño hace muchos años. Experimentar el mito literario latinoamericano en Europa (el de Vargas Llosa, Vallejo, Bryce y Ribeyro, el de Cortázar, el de García Márquez) era mi meta en la vida. (No puedo dejar de mencionar a Hemingway, porque por él creí alguna vez que París sería una fiesta). Pero, carajo, pasaron las años y las cosas han resultado muy diferentes. Así es la vida, supongo. Aunque no dimito, no me resigno, no me rindo; porque siempre habrá alguna esperanza, aunque pequeña, de poder cumplir aunque sea una parte de lo que alguna vez deseé (y sigo deseando).

Vivir en París nunca se dio. Ni Barcelona o Madrid, como después soñé (porque ahí también se iban los escritores de verdad), ni Roma o Milán. Nada de Europa hasta ahora. Solo Lima. Solo mi a veces odiado y a veces querido Perú. He viajado por este continente y he vivido por cortos periodos en Estados Unidos (país que no me gusta mucho), pero siempre pensando en Europa, siempre soñando. Sin embargo, pasado el tiempo, viendo cómo ese sueño se tornaba difuso, lejano, casi imposible, tomé una decisión: no viajar jamás al “viejo continente”. ¿Por qué? Para no pasar por la pica, la rabia y pena (y frustración también) de ver, vivir, experimentar, en diez días o dos semanas, una ínfima parte de lo que me perdí. ¿Para qué? ¿Para qué pasear por las ciudades que tanto quise conocer pero siempre me fueron esquivas? ¿Para ver lo que no me tocó? No, gracias.

Escribir. Eso, mal o bien, lo puedo hacer en cualquier parte. Aunque ahora no tenga tiempo, espacio ni la soledad necesaria, sé que puedo hacerlo si me lo propongo (y si Alejandra, Sofía y la vida colaboran). Aceptado: la ilusión del boom latinoamericano, el mito, la leyenda de ser joven en Europa, escribir, publicar y ser casi una deidad es algo que ya pasó. Es algo que no sucederá nuevamente. Es algo que no me pasará. Y ya tengo treinta años y sé mis limitaciones  literarias, sé que ya no seré un joven que escribirá en París, dejando el alma, las tripas y los testes. Ya no lo seré. Nunca. Jamás. Y por siempre y para siempre me recordaré a los 17, a los 20, a los 25 años, soñando, imaginando, creyendo que se podría. Pero no se pudo.

Ser pobre. ¿Quién quisiera, de poder tener la elección, ser pobre? Nadie, supongo. Yo tampoco. Pero con ser pobre yo me  refería a (soñaba con) tener una vida en inicio sencilla, sin grandezas ni nada por el estilo, sin preocupaciones tampoco. Solo quería vivir mi soledad, viajar, conocer, aprender, experimentar, estudiar algo quizás, y sobre todo encerrarme a escribir, nada más. Eso significaría no poder ganar dinero en cantidades, y habría que aceptarlo con tal de cumplir el sueño mayor de ser un escritor como los que tanto admiraba y admiro. ¿Qué mejor forma de estar listo para ese futuro de limitaciones? Prepararse para ser pobre, al menos por un tiempo. Y había que convencerse de que esa era parte de la ilusión (con la convicción, también, de que eso cambiaría en el futuro). Pero esa parte del paquete tampoco se dio, porque era todo o nada, porque aquel sueño, la posibilidad de que se cumpliese, se esfumó con el tiempo.

Ser feliz. La felicidad, me parece, no es un estado permanente. Solo son ráfagas, a veces breves y a veces prolongadas, pero solo momentos al fin y al cabo. Hay también momentos opuestos, de tristeza, rabia y frustración, y hay los tiempos neutros, en lo que no pasa nada, ni bueno ni malo, simplemente nada. Yo puedo decir que, comparado con muchas personas en este mundo y en este país, no he tenido tantas dificultades, tantas limitaciones ni tantos problemas. Pero voy a centrarme en este tema, y puedo decir que sí ha habido frustración, sí ha habido pena y rabia, porque realmente quería cumplir ese sueño, realmente quería hacerlo. Pero no se pudo. Y ya no se podrá jamás de la forma en que lo imaginé. ¿Qué hice con respecto a eso? ¿Qué hago? Seguir con la vida y tratar de no recordar aquello que no pudo ser.

Vivir en París, escribir, ser pobre y feliz. Pobre ingenuo, soñador, iluso. Quizás cobarde también. No, no “quizás”. Con decisión, con huevos, con confianza las posibilidades de haber logrado lo que soñé hubiesen sido mucho mayores. Fallé en eso también. Pero algo ha pasado, no todo está perdido, algunas cosas han sucedido para seguir acá, para escribir esto y para no pegarme un tiro, lanzarme de un puente o tomar veneno y morir idiota y literariamente.

Lo repito: puedo escribir en Lima o en cualquier parte. Ya fue pues. No seré joven nuevamente ni viviré en París. Eso ya pasó y es imposible. Pero sí puedo seguir engañando a todo mundo (incluido a mi mismo) y llevar algún curso de negocios, un MBA o lo que demonios sea en Europa. De esa manera podré pasar seis meses, un año, viviendo lo que siempre quise. Es una posibilidad y, por suerte, no es la única. ¿Por qué? Porque lo de “ser pobre” tampoco se dio. (Felizmente). No soy pobre, aunque tampoco soy millonario. Digamos que soy clase media y que la vida me está llevando, sin mucho esfuerzo, más para arriba que para abajo. Y ya se sabe, siendo honesto, que tener sueños y plata es mejor que soñar sin tener cómo. Además, es más fácil escribir habiendo comido bien que con las tripas vacías. Lo sé, lo he comprobado, porque he pasado temporadas escribiendo, con y sin desayuno, con y sin almuerzo, simplemente escribiendo, mal o bien pero siempre con empeño, disciplina y convicción, porque eso me hacía tan feliz.

Y llego a esa última parte: ser feliz. ¿Soy feliz? Perdonen la tristeza, pero tuve que adaptarme, quizás resignarme, para poder decir que, dentro de todo, tengo una buena vida. (Utilizo el plural, el perdonen, no porque crea que alguien va a leer esto, sino porque ese es el título del blog).

Perdonen la tristeza, porque algo de triste tiene esto, pero hay que aceptar algunas cosas como son, hay que ver cómo algunos sueños simplemente no se cumplen. Pero esas solo son algunas cosas. Porque hay otras que uno no puede dejar, que uno tiene que cambiar o lograr de una forma u otra.

Y hay también las cosas buenas que la vida te da en lugar de las que te quitó o no permitió. Sofía, por ejemplo. Y con ella sería suficiente, con sus cuatro dientecitos que ya le han crecido, con los dos que están a punto de salir, con sus piernitas y bracitos gorditos, con su sonrisa y su arrugada de nariz, con sus gritos y ruidos encantadores, con sus rabietas y llantos que a veces me desesperan y a veces me dan risa, con toda la dicha que ha traído con su sola presencia. Y está Alejandra y la familia. Y están mis libros. Y los proyectos, planes y nuevos sueños.

Y está esa posibilidad, esa maldita y bendita posibilidad que, por más que haya intentado dejar de lado en algún momento, no me dejará jamás. La posibilidad de dejar por algunos segundos, minutos u horas las frustraciones de esta vida, las desilusiones, problemas, preocupaciones y dudas del día a día. La posibilidad de vivir lo que no pude o lo que soñé, la posibilidad de liberarme y sentirme tan vivo como me he sentido en estos minutos. La posibilidad de escribir.




P.D. Repito: depende en gran parte de Alejandra, de Sofía y de la vida que puede tener el tiempo, espacio y soledad necesaria para pasarme unas horitas haciendo eso que tango me gusta. Así que si alguna de las tres lee esto, a ver si me da alguna facilidad, por favor.