domingo, 1 de noviembre de 2015

Esta mañana de domingo...


En momentos como este, cada vez más difíciles de encontrar, una mañana (de domingo) tomando la segunda taza de café, leyendo en calma y silencio, en mi escritorio, con Alejandra y Sofía viendo televisión en nuestro dormitorio, vuelve a mí esa sensación inexplicable, ese deseo y necesidad de regresar a lo de antes, de sentirme nuevamente pleno y fuera de este mundo y poder escribir. Mal o bien, pero escribir.

Este año ha sido de sequía. Incluso podría pensarse que ya dejé esto, que lo olvidé o me rendí. Pero no es cierto. Me levanto a diario a las 5 de la mañana a entrenar, me enfoco ahora en tener una vida saludable, a comer lo que debo y a informarme sobre ello, además estoy en cursos de negocios y me dedico a al trabajo y a Sofía. ¿Hago todo esto para olvidarme de lo otro? No lo sé. Quizás sí. Pero no pasa un día, ni uno solo, en que el recuerdo de mi escritorio, de la computadora, los papeles, lápices y lapiceros, de las innumerables tazas de café y la sensación de estar flotando vuelva a mí. No me he rendido y nunca lo voy a hacer. Pasa simplemente que la vida y el tiempo no me permiten lo que necesito (tranquilidad, soledad absoluta, silencio, tiempo) para sentarme a ser feliz.

Tampoco es que sea infeliz teniendo la vida más sana que tengo ahora; mucho menos jugando con Sofía, viéndola crecer y aprender cada día más cosas, pero me falta algo. Algo interior que lucha por salir y que en esta mañana de domingo, después de leer algo de Ribeyro, ha logrado resquebrajar la coraza que me había puesto. Una coraza que vuelvo a sellar por ahora, pero que tarde o temprano me retiraré definitivamente para nuevamente envolverme con esa mezcla de exaltación, locura y felicidad que para mí siempre ha sido escribir.

martes, 22 de abril de 2014

Breve anotación


Como no tenía nada que hacer, empecé a leer este blog desde el primer post. Rápidamente, con cierta verguenza, pude notar lo feo, desordenado o tonto que era mucho de lo que escribía por entonces, así que en poco más de media hora me he dado el trabajo de corregir alguna cosas, cambiar otras y eliminar un par, para que queden aunque sea un poco menos terrible.

Dentro de todo, es un alivio saber y comprobar que escribo un poquito menos mal que antes. Algo es algo.


miércoles, 16 de abril de 2014

El poder de la palabra.


Cuando abrí este blog, solo quería escribir como otras tantas personas que había leído, personas que contaban anécdotas de su vida, algunas historias o cualquier cosa, en realidad, que les diera la gana. Así que jamás pude si quiera imaginar todo lo que esto me traería; mucho menos supuse que lo que resultaría de aquí, que esas palabras que escribía, cambiarían mi vida. Gracias a este blog, conocí a algunas personas interesantes, con las que se han dado situaciones que no pensé e incluso, debido a una de ellas, como ya lo dije, mi vida cambió para siempre.


Andrea es una de esas cuatro personas con las que empecé a hablar, a escribirnos por el entonces operativo Messenger. Ella es colombiana y vive (o al menos vivía) en Bogotá, y recuerdo que hablábamos de nuestros problemas y cosas de la vida diaria. Todo empezó porque, si mal no recuerdo, Andrea se identificaba con lo que yo escribía. Por eso empezamos a conversar y fue extraño, porque hablábamos (nos escribíamos, en realidad) como dos amigos que ya se conocían desde hacía bastante tiempo. Y más extraño aún: llegué a conocer a Andrea, en la fría Bogotá, cuando hice un viaje de un mes por Ecuador y diversas ciudades de Colombia. Gracias a ella, la corta estancia en la capital colombiana no fue tan mala, y es que la gente no tenía muchas ganas de ayudar a unos pobres turistas que no estaban interesado en gastar en lujos, sino en conocer y aprender. Luego, poco a poco, Andrea y yo fuimos perdiendo contacto y, la verdad, no recuerdo cuándo fue la última vez que nos comunicamos. Solo sé que, si alguna vez viene a Lima, con todo gusto volvería a verla y le mostraría esta caótica y hermosa ciudad. Y conversariamos seguramente por horas, una vez más.

Otra persona que conocí gracias a este blog fue (es) Jorge. Y de inicio algo extraño: pese a que aún hoy seguimos en contacto, hasta ahora no nos conocemos en persona. La verdad, creo que ya lo dije en otro texto, yo tengo ciertos problemas y temores para conocer gente nueva, y quizás es por eso que aún hoy no nos hemos sentado a conversar de eso que nos gusta tanto y que, estoy seguro, es la gran razón por la que siempre, de una forma u otra, seguimos en contacto: la Literatura. Jorge ya publicó su primer libro, uno de cuentos, y yo lo tengo, con dedicatoria incluida, pero tuvo que dejarlo en casa de mi papá, por lo que ni si quiera por eso lo conocí. Y ahora, que hace poco me había decidido proponerle ir a algún bar, por el centro de Lima quizás, a tomar algo y conversar (sobre las letras, la vida y los sueños rotos), veo que Jorge ha empezado una relación y está muy (muy) enamorado, tan enamorado que no quiero interrumpir los días buenos que seguramente está viviendo. Pero ya lo conoceré. Y de repente algún día fundaremos por fin nuestro “Club de lo imposible”.

La tercera persona, es otra chica: Jimena. Con ella pasé también muchas horas conversando por el Messenger, con esa extraña confianza instantánea que logré con las otras dos personas. Ella adoraba la música de Sabina y, sobre todo, le encantaba Alfredo Bryce. Las dos novelas favoritas de Jimena, eran mis dos novelas favoritas. Digo dos novelas porque son dos partes, pero es una misma historia, tan bonita como profunda, tan graciosa como triste. Y en base a eso (y a otros temas), Jimena y yo hablamos bastante durante un largo tiempo. Luego ella viajó a Estados Unidos y el contacto disminuyó. Sin embargo, aún hoy, de vez en cuando, por Facebook o Instagram, recordamos que estamos con vida, con un “like” o un comentario breve. Por cierto, a ella no llegué a conocerla. Y la verdad, con una vida a miles de kilómetros de este cielo peruano (peruano en el Perú), no sé si algún día llegue a hacerlo.

Por último, lo más importante. La más importante: Alejandra. A ella también la conocí gracias a este blog, gracias a las tonteras que, mal que bien, escribí durante algunos meses y que, por alguna razón, a ella le interesaron y le gustaron. Yo era un blogger contando sus historias de tímido y perdedor, mientras que ella era una blogger algo desinhibida. Ambos nos leíamos, nos comentábamos, hasta que nuevamente gracias al Messenger (bendito sea), empezamos a conversar más y más. Luego, ella hizo un concurso en su blog. El premio: salir con ella. Las respuestas ganadoras: me las dio por privado, para ganar con trampa. Y entonces, todo fue como un vendaval. Gané. Salimos. Bebimos. Volvimos a salir. Nos reimos mucho. Paseamos. Conversamos. Nos hicimos enamorados. Empezamos a hacer planes. Nos enamoramos más. Viajamos. Los planes empezaron a hacerse a futuro. Viajamos más. Soñamos con hijos. Nos mudamos juntos. Nos casamos. Alejandra salió embarazada. Seguimos viajando. Esperamos con ansias a nuestra hija. Nació. La nombramos Sofía y la adoramos aún antes de nacer. Y ahora, absolutamente todo gira torno a Sofía.

Y Sofía (quien debe su existencia también a este blog) ha traído, dentro de lo gris de la vida diaria, la felicidad.




P.D. Releo rápidamente esto que acabo de escribir, y me resulta interesante ver cómo mi vida, de una forma y otra, ha girado y gira en torno a los efectos, a los designios, a los misterios y al enigmático poder de la palabra escrita. Gracias, a quien o quienes corresponda, por ello.

miércoles, 2 de abril de 2014

Breve anotación



Qué liberador ha sido volver a este blog. Poder escribir algunas cosas, en el poco tiempo que tengo para hacerlo, simplemente dejando que fluya lo que salga, sin fijarme en la corrección ni nada por el estilo, ha sido un desfogue que necesitaba.

Ha sido como regresar a un lugar al que llegué casi de casualidad, donde encontré muchas cosas buenas y del que luego me alejé. Estar acá nuevamente es como volver a una habitación, una playa o una ciudad en la que pasé buenos momentos, y donde ahora, que todos se han ido y que estoy (digamos) solo, me siento a recordar, a pensar y a sentirme bien.


martes, 1 de abril de 2014

Los sueños, las letras y la vida.



Vivir en París, escribir, ser pobre y feliz. Ese era mi sueño hace muchos años. Experimentar el mito literario latinoamericano en Europa (el de Vargas Llosa, Vallejo, Bryce y Ribeyro, el de Cortázar, el de García Márquez) era mi meta en la vida. (No puedo dejar de mencionar a Hemingway, porque por él creí alguna vez que París sería una fiesta). Pero, carajo, pasaron las años y las cosas han resultado muy diferentes. Así es la vida, supongo. Aunque no dimito, no me resigno, no me rindo; porque siempre habrá alguna esperanza, aunque pequeña, de poder cumplir aunque sea una parte de lo que alguna vez deseé (y sigo deseando).

Vivir en París nunca se dio. Ni Barcelona o Madrid, como después soñé (porque ahí también se iban los escritores de verdad), ni Roma o Milán. Nada de Europa hasta ahora. Solo Lima. Solo mi a veces odiado y a veces querido Perú. He viajado por este continente y he vivido por cortos periodos en Estados Unidos (país que no me gusta mucho), pero siempre pensando en Europa, siempre soñando. Sin embargo, pasado el tiempo, viendo cómo ese sueño se tornaba difuso, lejano, casi imposible, tomé una decisión: no viajar jamás al “viejo continente”. ¿Por qué? Para no pasar por la pica, la rabia y pena (y frustración también) de ver, vivir, experimentar, en diez días o dos semanas, una ínfima parte de lo que me perdí. ¿Para qué? ¿Para qué pasear por las ciudades que tanto quise conocer pero siempre me fueron esquivas? ¿Para ver lo que no me tocó? No, gracias.

Escribir. Eso, mal o bien, lo puedo hacer en cualquier parte. Aunque ahora no tenga tiempo, espacio ni la soledad necesaria, sé que puedo hacerlo si me lo propongo (y si Alejandra, Sofía y la vida colaboran). Aceptado: la ilusión del boom latinoamericano, el mito, la leyenda de ser joven en Europa, escribir, publicar y ser casi una deidad es algo que ya pasó. Es algo que no sucederá nuevamente. Es algo que no me pasará. Y ya tengo treinta años y sé mis limitaciones  literarias, sé que ya no seré un joven que escribirá en París, dejando el alma, las tripas y los testes. Ya no lo seré. Nunca. Jamás. Y por siempre y para siempre me recordaré a los 17, a los 20, a los 25 años, soñando, imaginando, creyendo que se podría. Pero no se pudo.

Ser pobre. ¿Quién quisiera, de poder tener la elección, ser pobre? Nadie, supongo. Yo tampoco. Pero con ser pobre yo me  refería a (soñaba con) tener una vida en inicio sencilla, sin grandezas ni nada por el estilo, sin preocupaciones tampoco. Solo quería vivir mi soledad, viajar, conocer, aprender, experimentar, estudiar algo quizás, y sobre todo encerrarme a escribir, nada más. Eso significaría no poder ganar dinero en cantidades, y habría que aceptarlo con tal de cumplir el sueño mayor de ser un escritor como los que tanto admiraba y admiro. ¿Qué mejor forma de estar listo para ese futuro de limitaciones? Prepararse para ser pobre, al menos por un tiempo. Y había que convencerse de que esa era parte de la ilusión (con la convicción, también, de que eso cambiaría en el futuro). Pero esa parte del paquete tampoco se dio, porque era todo o nada, porque aquel sueño, la posibilidad de que se cumpliese, se esfumó con el tiempo.

Ser feliz. La felicidad, me parece, no es un estado permanente. Solo son ráfagas, a veces breves y a veces prolongadas, pero solo momentos al fin y al cabo. Hay también momentos opuestos, de tristeza, rabia y frustración, y hay los tiempos neutros, en lo que no pasa nada, ni bueno ni malo, simplemente nada. Yo puedo decir que, comparado con muchas personas en este mundo y en este país, no he tenido tantas dificultades, tantas limitaciones ni tantos problemas. Pero voy a centrarme en este tema, y puedo decir que sí ha habido frustración, sí ha habido pena y rabia, porque realmente quería cumplir ese sueño, realmente quería hacerlo. Pero no se pudo. Y ya no se podrá jamás de la forma en que lo imaginé. ¿Qué hice con respecto a eso? ¿Qué hago? Seguir con la vida y tratar de no recordar aquello que no pudo ser.

Vivir en París, escribir, ser pobre y feliz. Pobre ingenuo, soñador, iluso. Quizás cobarde también. No, no “quizás”. Con decisión, con huevos, con confianza las posibilidades de haber logrado lo que soñé hubiesen sido mucho mayores. Fallé en eso también. Pero algo ha pasado, no todo está perdido, algunas cosas han sucedido para seguir acá, para escribir esto y para no pegarme un tiro, lanzarme de un puente o tomar veneno y morir idiota y literariamente.

Lo repito: puedo escribir en Lima o en cualquier parte. Ya fue pues. No seré joven nuevamente ni viviré en París. Eso ya pasó y es imposible. Pero sí puedo seguir engañando a todo mundo (incluido a mi mismo) y llevar algún curso de negocios, un MBA o lo que demonios sea en Europa. De esa manera podré pasar seis meses, un año, viviendo lo que siempre quise. Es una posibilidad y, por suerte, no es la única. ¿Por qué? Porque lo de “ser pobre” tampoco se dio. (Felizmente). No soy pobre, aunque tampoco soy millonario. Digamos que soy clase media y que la vida me está llevando, sin mucho esfuerzo, más para arriba que para abajo. Y ya se sabe, siendo honesto, que tener sueños y plata es mejor que soñar sin tener cómo. Además, es más fácil escribir habiendo comido bien que con las tripas vacías. Lo sé, lo he comprobado, porque he pasado temporadas escribiendo, con y sin desayuno, con y sin almuerzo, simplemente escribiendo, mal o bien pero siempre con empeño, disciplina y convicción, porque eso me hacía tan feliz.

Y llego a esa última parte: ser feliz. ¿Soy feliz? Perdonen la tristeza, pero tuve que adaptarme, quizás resignarme, para poder decir que, dentro de todo, tengo una buena vida. (Utilizo el plural, el perdonen, no porque crea que alguien va a leer esto, sino porque ese es el título del blog).

Perdonen la tristeza, porque algo de triste tiene esto, pero hay que aceptar algunas cosas como son, hay que ver cómo algunos sueños simplemente no se cumplen. Pero esas solo son algunas cosas. Porque hay otras que uno no puede dejar, que uno tiene que cambiar o lograr de una forma u otra.

Y hay también las cosas buenas que la vida te da en lugar de las que te quitó o no permitió. Sofía, por ejemplo. Y con ella sería suficiente, con sus cuatro dientecitos que ya le han crecido, con los dos que están a punto de salir, con sus piernitas y bracitos gorditos, con su sonrisa y su arrugada de nariz, con sus gritos y ruidos encantadores, con sus rabietas y llantos que a veces me desesperan y a veces me dan risa, con toda la dicha que ha traído con su sola presencia. Y está Alejandra y la familia. Y están mis libros. Y los proyectos, planes y nuevos sueños.

Y está esa posibilidad, esa maldita y bendita posibilidad que, por más que haya intentado dejar de lado en algún momento, no me dejará jamás. La posibilidad de dejar por algunos segundos, minutos u horas las frustraciones de esta vida, las desilusiones, problemas, preocupaciones y dudas del día a día. La posibilidad de vivir lo que no pude o lo que soñé, la posibilidad de liberarme y sentirme tan vivo como me he sentido en estos minutos. La posibilidad de escribir.




P.D. Repito: depende en gran parte de Alejandra, de Sofía y de la vida que puede tener el tiempo, espacio y soledad necesaria para pasarme unas horitas haciendo eso que tango me gusta. Así que si alguna de las tres lee esto, a ver si me da alguna facilidad, por favor.

miércoles, 19 de marzo de 2014

Una forma de vivir



Estaba en el colegio cuando, en medio de mi soledad, mis nervios y mi extrema timidez, conocí a la literatura. No sé cómo ni cuándo exactamente, pero fue en el colegio donde empecé a disfrutar primero de las narraciones de los profesores, luego de las lecturas (sobre todo de fábulas rusas) y hasta parece que llegué a escribir algo. Digo “parece” porque he leído en informes escolares que mis compañeros habían oído con mucha atención un cuento que yo había escrito, un cuento del que no tengo mayor recuerdo, ni del tema ni de la escritura, pero que según el informe, existió. Probablemente ahí ya había empezado la curiosidad.

Algunos años más tarde, tampoco recuerdo con exactitud cuándo, pero sí que aún era un niño, pedí por mi cumpleaños un regalo poco usual para alguien de mi edad: una máquina de escribir. ¿Para qué? No tengo idea. Solo sé que mi papá me la compró y era grande, pesada y blanca. Y mi hermana me regaló algunas hojas bond y mi mamá me dio lapiceros (fueron, hoy lo siento así, los mejores regalos del mundo). El siguiente recuerdo que tengo de esa máquina es haberle escrito una carta a una niña que me gustaba.

Pasó el tiempo y no queda en mi memoria, más allá de las lecturas de cuentos y fábulas, mayor acercamiento a la literatura. En mi familia todo siempre ha sido negocios, dinero, trabajo y celebraciones. Para música, literatura, cine, teatro o esas “cojudeces” nunca había tiempo. Así que supongo que por eso no pude acceder más a ese mundo de las letras, y por eso, también, es que siempre me he sentido tan alejado de ellos.

Sin embargo, lo siguiente que viene a mi mente es el regalo que me hizo un primo, cuando yo tenía probablemente 15 años: un libro. Era “Un mundo para Julius”, de Alfredo Bryce Echenique. Y recuerdo que dejé el libro de lado, sin prestarle atención. Hasta que al año siguiente, también por mi cumpleaños, el mismo primo me regaló un libro nuevamente. Lo extraño: era el mismo libro. (Probablemente siempre regalaba ese libro). Entonces lo leí y el mundo cambió. Un nuevo mundo apareció ante mí. Empecé a leer un poco más y a descubrir cómo, en esos mundos de ficción, encontraba lo que en el mundo real – tan plano, aburrido, limitante – no encontraba. Fue como un golpe que cambió todo.

El siguiente golpe llegó a los 17 años, de eso sí me acuerdo: me había ido a Estados Unidos, como intercambio estudiantil, y preso de los nervios y el terror a socializar que siempre he tenido (un terror que conllevaba sudor de manos, tembladera, nauseas y dolores de barriga), me refugié en los libros. Además, vivía en Boston, en una zona cercana al mar, en pleno invierno, con quince grados bajo cero, así que el tiempo que no estaba en el colegio, lo pasaba en casa, en mi habitación, solo, abrigado, tomando café y leyendo. Fue entonces cuando mi papá empezó a comprarme libros (algo que haría por años, hasta que pude comprármelos yo) y me envió, por pedido mío, algunos de Lima a Boston. Ahí, en el año 2001, en medio del frio, la soledad y las muchas ganas de irme, leí a Cervantes, Palma, Shakespeare y, sobre todo, a Vargas Llosa. Fue ahí cuando descubrí a ese maestro de la literatura y todo volvió a remecerse. Recuerdo  que leí “Fiesta del chivo” con un interés, un gusto y una pasión que nunca antes había experimentado. En mi habitación, en medio de la clase, en cualquier parte, viví esa historia, sin poder dejar de pensar en ella ni detenerme hasta terminarla, disfrutando no solo de la historia en sí, sino también (aunque por entonces no lo sabía muy bien) del estilo, la estructura, la complejidad y riqueza que esa obra posee.

Tiempo después, ya en Lima, escapándome de clases de la universidad (a donde había ingresado a ingeniería industrial simplemente porque eso quería mi familia), leí (nuevamente) con una voracidad, interés y pasión que no había experimentado antes, dos novelas que también me marcarían para siempre: “La vida exagerada de Martín Romaña” y “El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz “, de Alfredo Bryce, dos de mis novelas favoritas. Con esas obras descubrí, quizás sin darme cuenta aún del todo por entonces, que había algo más que la mera técnica, que la literatura podía no solo hacerte vivir e imaginar, sino sentir, sufrir, disfrutar, reír o llorar. ¿Cómo se logra eso? Sigo buscando la respuesta.

Y así pasaron los años y fui descubriendo cada vez más autores e historias, y también empecé a sentir un leve interés por la forma, la estructura, el estilo. Así entré a algunos talleres. Entonces empecé, por fin, a experimentar ese gusto y ese deseo: escribir.

Comencé intantando escribir cuentos. Lo hacía buscando o esperando la “inspiración”, corriendo al teclado o al papel cuando esta, supuestamente, llegaba. Y aunque logré terminar algunas de esas historias, nunca me llegaron a gustar o convencer. Algunas desaparecieron para siempre cuando se malogró mi pc, mientras que otras han quedado en apuntes que nunca he vuelto a ver. Pero ya había empezado.

Años después, por el 2003 o 2004, en medio de intentos fallidos de escribir, se me ocurrió una historia. Intenté escribir un cuento, pero no me salía como pensaba. Entonces lo dejé ahí. Seguí intentando con otros temas, hasta que por el año 2007, abrí este blog. Entonces, en medio de los posts que colgaba, se me ocurrió que quizás esa historia que había imaginado podría estar acá, pero tampoco me convenció. Nuevamente intenté que fuera un cuento, pero una vez más fallé. La historia me envolvía, crecía en mi mente, se ampliaba hasta límites insospechados, pero no tomaba ningún apunte, lo que escribía y no me gustaba, lo borraba. Pero ya se había convertido en un tema recurrente, casi en una obsesión.

Ya por el 2008, la literatura era lo que más me gustaba, pero como lector. Y además empecé a leer un poco más sobre técnica, sobre estilos y estructuras, a admirar cada día más a muchos escritores, pero sobre todos a mis tres favoritos: Bryce, Vargas Llosa y Ribeyro. Pero algo se me escapaba, algo que aprendería de ellos en los años venideros y que generaría que el gusto y el deseo, que la experimentación y la costumbre, se convirtiese en una feliz rutina que terminaría, quizás, en una dependencia y una adicción.

Mientras la historia que no podía olvidar seguía creciendo en mi cabeza, escribí otros cuentos, poniéndole algo más de empeño, pero siempre en cualquier espacio libre que tuviese, nunca dándole un horario. Llegó el 2009 y la historia ya era inmensa en mi mente, con varios personajes, con diversas tramas, con un final, con todo. Entonces se me ocurrió: ¿Y si intento escribir una novela? La idea quedó ahí y dejé que todo siguiese creciendo, hasta que fue, realmente, insoportable. Recién entonces, tantos años después de idear esa breve historia original, empecé a tomar apuntes durante algunos meses. Por aquellos años, después de tener un muy buen trabajo (mi primer y prácticamente único trabajo), me fui de viaje (interrumpiendo la escritura) y al regresar estuve sin nada qué hacer por varios meses, en los que me dediqué a dormir, comer y estar con mi enamorada: Alejandra. Los apuntes quedaron olvidados.

Ya en el 2010, retomé las anotaciones hasta que sentí que era el momento de empezar, por fin, a escribir esa historia. Recuerdo que cuando tuve la página en blanco ante mí, no supe qué hacer. Una novela, como mínimo, puede tener 200 páginas y yo no sabía cómo podía llenar media hoja. Entonces empecé a hacer, sin saber bien cómo, algo que con el tiempo descubriría que era fundamental: la planificación. Empecé a establecer los pasos de la historia, a crear la estructura, a buscar la mejor forma de narrar. Meses más tarde, empecé a escribir en las madrugadas, sintiendo esa sensación de flotar, de estar fuera de este mundo, de escribir palabras sin saber bien cómo llegan a uno. Pero era inconstante, para nada disciplinado y escribía solo cuando me placía o no tenía otra cosa qué hacer.

Fue recién en el 2011 cuando me decidí. Si quería realmente escribir y no obtener como resultado un absoluto fiasco, debía tener perseverancia, disciplina y un horario. Ayudó el hecho de leer también biografías y entrevistas, en los que los escritores hablaban del compromiso, la disciplina, la terquedad que se debía tener.

Entonces dije en mi casa que había conseguido un trabajo (en un periódico) y que tenía que salir muy temprano (lo que obviamente era mentira). Y eso empecé a hacer: me despertaba a las 5:30 y a eso de las 6 salía de mi casa rumbo a la Universidad de Lima, con mis apuntes, mi computadora y un termo lleno de café. Así empecé a crear la costumbre. De lunes a sábado, empecé a escribir y, sobre todo, a corregir, como loco, a tachar las hojas innumerables veces, sin dejar prácticamente nada en blanco, sintiéndome feliz, exaltado, pleno. Fueron meses vivificantes, que recuerdo con cariño.

Pasó el tiempo y mi relación con Alejandra fue creciendo y asentándose, llegando a alquilar un pequeño departamento donde ella viviría y yo podría ir cuando quisiera. Ya para entonces la tonta idea de buscar o esperar a la inspiración había desaparecido. Lo había experimentado y sobre todo lo había aprendido de quienes más admiraba, en especial de Vargas Llosa: todo era trabajo, disciplina, perseverancia, compromiso. Y así, perseverante y disciplinadamente, empecé a ir al departamento todas las mañanas, cuando Alejandra ya se había ido a trabajar, a seguir escribiendo. La soledad era plena y absoluta, y yo era feliz, escribiendo y corrigiendo sin parar. Hasta que un día terminé la historia. ¿Y ahora, qué hago? Pensé.

Lo que hice fue seguir escribiendo.

La historia, a la que titulé “Volver”, me había gustado conforme crecía en mi mente, y ya escrita me dejó satisfecho. Sin embargo, ya pasado el tiempo, la encuentro algo pretenciosa, con fallas y cosas por corregir. Quizás algún día lo haga.

Lo que no cambiaría por nada son esas mañanas tan vivificantes, intentas, llenas de felicidad que aquella historia me trajo. Aunque también hubo momentos de furia y frustración, ganan los buenos momentos.

Y no hubo descanso. Pocas semanas después, retomé algunos apuntes que había hecho en mitad de la escritura de “Volver” y empecé a desarrollarlos. Así nació “La historia de los asesinatos”, otro intento de novela, que ocupó mi vida, mis mañanas y varias tardes, durante poco más de un año. En ese año, además, Alejandra dejó de ser mi enamorada y se convirtió en mi esposa. Nos mudamos a un departamento más grande, y ahí establecí mi biblioteca y seguí escribiendo, y sobre todo corrigiendo, con furia, pasión y felicidad. Nuevamente, mañanas impagables, irrepetibles, llenas de sensaciones que me llevaron a pensar en algo: la mayoría de personas tiene, a lo largo de sus días, algún momento de felicidad, dicha o exaltación, mientras que yo experimentaba eso a diario, todas las mañanas. ¿Podía ser más feliz? Mi jornada diaria era de tres o cuatro horas de literatura y luego salía al “mundo real”, a hacer lo que hacían los demás.

Pasó el tiempo y a fines del 2012 también terminé “La historia de los asesinatos”, una nueva experiencia que nunca podré olvidar. Ahora, pasado el tiempo, encuentro que la novela (o intento de novela) tiene algunas partes correctas, algunas pocas cosas interesantes, pero no es grandiosa, memorable ni nada parecido. ¿Qué hice con la novela? Lo mismo que con “Volver”: guardarla en un cajón, junto a las innumerables hojas de borradores llenos de tachas y garabatos, y dejarla ahí. Y debo decir nuevamente que, pese a que el resultado hoy por hoy no me convence, volvería a repetir esas mañanas tan felices que viví.

Lo que vino después fue ya en febrero de 2013. Alejandra estaba embarazada y había renunciado a su trabajo, mientras que yo no tenía nada qué hacer porque nuestra tienda estaba en remodelación y, gracias también a nuestros ahorros, viviríamos largos meses sin hacer absolutamente nada más que cuidar del embarazo. Sin embargo, yo tenía una actividad en mente a la que, después de poco más de dos meses, ya necesitaba volver. Me sentía raro sin escribir ni corregir nada, me sentía vacío, aburrido y ansioso. Así que una mañana me decidí y volví a despertarme temprano y a tomar apuntes. Pero esta vez no estaba solo en la casa y mi forma de escribir, golpeando casi con furia el teclado, incomodaba a Alejandra. La solución: llevarme una mesita, una silla, mis apuntes, lapiceros y pc a un cuarto que usábamos como depósito. Ahí empecé una nueva historia, que quería que fuese una novela simple y corta. Pero algo distinto pasó entonces: empezaba en la mañana muy temprano, y luego paraba para desayunar. Luego continuaba y solo me detenía a la hora del almuerzo. Finalmente retomaba la escritura o corrección y ya cerca de las 6, agotado, volvía al mundo real. A veces me sentía un poco mal, por dejar a Alejandra sola viendo tele todo el día, pero dado que estábamos viviendo de nuestros ahorros, y que a lo mucho podía sentarme a ver tele con ella, no dejé mi rutina (aunque la sensación de malestar me rondaba siempre).

Aquella historia, que titulé “Llevo tu sonrisa”, me tomó poco menos de medio año, a un ritmo que no había tenido antes. Sin embargo, el resultado no fue el deseado (aunque quizás necesite más tiempo para dar una idea más válida), sobre todo por una absurda razón: me enteré de un premio de novela corta y me apresuré en terminar la novela, sin darle algo más de profundidad. (También la encuentro algo forzada, poco natural). Finalmente no la envié y pasó a formar parte de mis archivos guardados en un cajón. A veces pienso que todo ese tiempo libre lo hubiese utilizado en corregir o reescribir las dos novelas (o intentos de novelas) previas, pero lo hecho, hecho está. Y probablemente también influyó en la escritura la culpa que a veces sentía, sobre todo cuando los ahorros ya habían disminuido bastante, la misma culpa que todo el tiempo me ha llegado, cuando no tenía trabajo o dinero, o cuando lo que había escrito me parecía pura basura: ¿Para qué hago eso? ¿Con qué fin? ¿Sirvo si quiera para esto? ¿Y si me dedico a trabajar, crecer y dejo esto para siempre?

Esas dudas también habían llegado en las dos o tres veces en las que envié algún cuento a concursos y no obtuve nada. Sin embargo, ya había nacido en mí la necesidad de escribir, una necesidad que no podía contrarrestar ni siquiera con esos (digamos) resultados adversos.

Y así nuevamente, ya en junio de 2013, volví a tomar apuntes para una cuarta novela, que sería lo más grande que había hecho. Pero lo dejé todo a medias.

Primero, fue por el nacimiento de Sofía, mi hija. La felicidad y los cuidados me llevaron a parar por algunos días o semanas, aunque no podía dejar de pensar en la historia que quería desarrollar. No podía quitarme de la mente eso que tanto me llenaba. Finalmente volví a mi rutina literaria, aunque no me sentía del todo cómodo, por no estar al lado de mi hijita y verla y cuidarla. La solución fue aprovechar las horas en que ella dormía o lactaba, para volver a mis apuntes.

Pero todo quedó en anotaciones y algunas pocas páginas escritas, porque ya cerca a noviembre (las vacaciones forzadas se habían alargado) era la hora de volver a trabajar. Las siguientes semanas fueron de preparativos, inversiones y cansancio. Y aunque seguí tratando de mantener algún horario para escribir, todo se volvió imposible a mediados de noviembre y durante todo diciembre.

Por entonces, sin tiempo pero sin poder dejar de pensar en la literatura, se me ocurrió dejar la novela de lado y hacer algo que nunca había hecho de una manera (ni si quiera medianamente) satisfactoria: escribir cuentos. Todo lo que había hecho era malo o regular, aunque tenía dos o tres historias que me gustaban. Una de esas historias las había escrito en mis momentos de dudas y desazón, en medio de las vacaciones forzadas y la disminución drástica del dinero, y la había titulado “La vida inédita”. La historia era sobre un hombre que lo había dado y hecho todo por convertirse en escritor, pero que había terminado muerto y olvidado. Entonces se me ocurrió escribir diez o doce cuentos en torno a ese título y a esa idea, pero no había tiempo ni condiciones para hacerlo.

Llegado enero de este año (2014), empecé a sentir nuevamente la necesidad cada vez más creciente de leer y escribir, sin poder hacer ninguna de las dos. Entonces empecé a experimentar lo de siempre: mal humor, desgano, aburrimiento. Finalmente compré un cuaderno y tomé apuntes de cerca de catorce cuentos, pero ahí han quedado. Pasó febrero y ha llegado marzo, y entre el trabajo y la casa, no puedo encontrar el momento ni el lugar para poder si quiera leer, mucho menos escribir.

Dados los desalentadores resultados previos y las pocas condiciones actuales para hacer eso que tanto me gusta, la duda ha vuelto: ¿vale la pena seguir intentando?

Seguramente – hay que aceptarlo, de nada vale engañarse – no tengo el talento ni la capacidad necesaria para llegar a ser un escritor, pero he descubierto lo que mucha gente vive buscando toda su vida: una forma de ser feliz. No importa que al final todo pase a ser guardado a un cajón. Total, la felicidad es de uno, no se publica ni se pasa en limpio, simplemente se siente y se vive. (Por cierto, sí me considero un buen lector. Quizás por eso puedo reconocer y aceptar todas mis limitaciones e incapacidades con algo más de facilidad).

Además, no voy a bajar los brazos, porque uno nunca sabe, y porque como dice mi admirado Vargas Llosa: la literatura es tanto una vocación como una disciplina, un trabajo y una terquedad.

Y tarde o temprano, de una manera u otra, sé que volveré a escribir, a sufrir y enfurecerme, a reírme y exaltarme, todo ante una página llena o en blanco. Porque es una necesidad. Porque esa es mi manera de sentirme lleno, pleno y feliz. Y porque, citando Flaubert: escribir es una manera de vivir.